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Apátridas: Los invisibles de la sociedad

Apátridas: Los invisibles de la sociedad

Todos tienen derecho a una nacionalidad, según la Declaración Universal de Derechos Humanos. A pesar de esta declaratoria, en el mundo hay millones de apátridas que viven marginados y sin derechos

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En el mundo hay 12 millones de personas sin nacionalidad. La familia de Issa Abdul Farajs vive hace varias generaciones en Kibera, una aldea en el sur de Nairobi. Hace más de un siglo, su abuelo sirvió como soldado a la Armada Británica para luego asentarse en Kenia.

Issa Abdul Faraj es de Nubia, una región comprendida por el sur de Egipto y el norte de Sudán, que antiguamente era un reino. Después de la independencia de Kenia, en 1963, el nuevo gobierno negó la nacionalidad keniana a los miles de descendientes de los soldados nubios y los privó de toda documentación personal.

Alos cual Issa afirma. “En Kenia, si no tienes documento, no existes”,  “Teóricamente, ni siquiera puedes salir de tu casa, ya que te detienen y te piden documentos”, esclarece. Agrega que andar por la calle sin identificación es un delito en Kenia. Y que no entiende cómo podrá conseguir un trabajo si no se le permite salir de su casa, y esto sin mencionar de abrir una cuenta en el banco. Una disyuntiva al que se ven sometidos millones de seres humanos en el mundo.

Los “invisibles”

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Kenia es, junto con Tailandia, Nepal, Myanmar, Siria y Letonia, uno de los países con el mayor número de habitantes sin nacionalidad. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), estima que ,en todo el globo, hay un total de 12 millones de personas apátridas. En comparación, en el planeta hay alrededor de 15 millones de refugiados.

Los refugiados tienen derecho a recibir ayuda internacional y están protegidos por la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, ratificada por numerosos países. La subtitular de ACNUR,  Erika Feller señala que, en la mayoría de los países del mundo, los apátridas no reciben protección alguna “porque constituyen un grupo poblacional oculto y no son considerados miembros de la sociedad con todos sus derechos y obligaciones. Son invisibles y no llegan a formar parte de la agenda de esos estados”, explica la experta.

Las personas apátridas se mueven en una zona gris de la legalidad. No poseen una nacionalidad efectiva y no tienen derechos como ciudadanos. No hay  país que proteja sus derechos. Y, al no pertenecer al país en el que viven, enfrentan inmensos obstáculos para poder habitar legalmente una vivienda, viajar, trabajar o simplemente acceder a servicios de salud.

A lo largo de generaciones han sido marginados

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Los motivos más comunes de la apatridia son el derrumbe de estados o grupos de estados, así como la creación de nuevos países. Muchas personas pierden su pertenencia a un país a causa de la arbitrariedad y discriminación de las autoridades. Ser apátrida también puede estar relacionado con la existencia de leyes de ciudadanía restrictivas o con una situación legal incierta.

Mark Manly, de ACNUR, dice que la carencia de nacionalidad y la marginación que ésta implica son transmitidas frecuentemente de los padres a los hijos a través de generaciones. “Estas personas están arraigadas a menudo hace décadas y hasta siglos a sus países anfitriones”, subraya Manly. “Con el correr del tiempo, desarrollan una estrategia de supervivencia con un mínimo que les permite sólo subsistir. Como son apátridas, chocan ya en los inicios de su vida con muros invisibles que les impiden satisfacer sus necesidades como seres humanos y les roba las expectativas”, agrega Mark Manly.

Tran Hoang Phuc es un ejemplo del sufrimiento que causa la apatridia a través de las generaciones. Huyó a fines de los años 70 de los Jemeres Rojos de Camboya hacia Vietnam. “Cuando llegamos, sin recursos de ningún tipo, no tenía idea de lo dura que podía ser una vida sin nacionalidad”, dice. “Fue un enorme retroceso. Lo que más me dolió es lo que tuvieron que sufrir mis hijos”, lamenta el padre de familia.

Su hija Sheila se vio privada de tener las mismas oportunidades de educación que los niños vietnamitas de su edad. Y a su hijo Kosal, el hecho de no ser ciudadano vietnamita lo persiguió durante toda su vida. “Cuando quise contraer matrimonio, los padres de mi novia me preguntaron: ‘y tú, ¿quién eres?’”, recuerda el joven. Y continúa relatando que las autoridades ni siquiera quisieron entregarle una partida de matrimonio. Ahora, la familia Tran posee pasaportes vietnamitas, y eso les facilita las cosas y mejora su calidad de vida.

Durante décadas, la comunidad internacional consideró la apatridia como un problema que iba a desaparecer por sí sólo. Las Naciones Unidas han logrado poner en marcha dos convenciones para personas sin ciudadanía que, de hecho, serían adecuadas para resolver el problema si hallaran la aceptación necesaria.

Pero, hoy en día, sólo 38 países reconocen la Convención para reducir los casos de Apatridia, de 1961, que regula el acceso a una nacionalidad. La Convención sobre el Estatuto de los Apátridas, de 1954, contiene los derechos fundamentales de estas personas, y, al menos, ya fue ratificada por 66 países.

Erika Feller sabe que la resistencia contra estas convenciones es dura de vencer. “La ciudadanía toca la esencia de la soberanía”, explica la subtitular de ACNUR. “Se trata de algo que los Estados vigilan celosamente: su derecho a determinar quién es ciudadano de su país, y quién tiene derecho a permanecer como ciudadano en su territorio”.

Con motivo del 50º aniversario de la Convención para reducir los casos de Apatridia, ACNUR apela ahora a la comunidad internacional para que acepte de una vez que la carencia de nacionalidad es un problema que sólo puede resolverse a través de normas internacionalmente válidas y de una cooperación que trascienda fronteras.

Por Laura Hidalgo

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