martes , noviembre 21 2017
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El motor que impulsa a Pokémon Go

El motor que impulsa a Pokémon Go

Si una persona ajena inicia una conversación con uno es sospechoso. O te quiere robar o te quiere distraer para asaltarte. Al menos, en el imaginario colectivo de los limeños así está remarcado. En la capital de Perú, como en todo el territorio, existe la percepción sobre inseguridad ciudadana que inquieta, 9 de cada 10 capitalinos tienen miedo de sufrir de algún delito. Para desdicha de los jugadores de Pokemon Go, en promedio, se roban 6 mil teléfonos cada día.

Hace unos días, a las nueve y media de la noche, subí a un bus que recorre una avenida recta y extensa, Brasil. Al subir los peldaños desgastados, fui hacia el fondo y divisé a tres parejas. Chicos y chicas, dos sentadas y una de pie, conversaban sin vehemencia. No tenían nada en común, pero todas parecían cansadas a esta hora, si me basaba en sus expresiones. En medio, casi atrapado por las sombras y la friendzone, un chico de 21 años miraba su celular con detenimiento. Sentado hacia el pasillo, levantó la mirada cuando me acerqué y volvió a su teléfono. El delgado muchacho tenía mejillas marcadas por el acné y en el lado derecho, también la cicatriz profunda de un corte recibido. Su actitud y forma de mirar develaban su tranquilidad.

Antes de llegar a la plaza Bolognesi, óvalo del centro histórico, la mujer que está a su lado se levanta dispuesta a salir. Ni la pareja de pie, ni otros pasajeros se fijan en el asiento. Le pido permiso y me siento a su lado, sigue inmerso en su juego. Es Pokemon Go. Aclarar algo en este punto, es inútil. Una de ellas, las promociones de las teleoperadoras para cubrir la demanda de sus usuarios. Hasta la fecha, los cuatro ofrecen datos ilimitados para el juego de la empresa Nintendo. Las parejas nos oyen hablar, pero de la misma manera que al inicio, ni se incomodan por nuestra presencia.

—Yo también capturo Pokemón.

— ¿Disculpa?

—Que también estoy jugando, un poco menos por el trabajo, pero pienso que está chévere el juego.

—Jajajajajaja. Sí, pucha. Tengo ya como 160 pokemón. Me he metido un ‘viciazo’.

— ¿Qué desde hace cuánto juegas?

—Ayer no dormí nada por jugar. Igual yo lo bajé cuando lo anunciaron la primera vez, me descargué el apk (archivo para instalar una aplicación en el movil).  Desde ese día, yo estaba esperando que se active. Pero la primera vez, habré jugado diez minutos y desapareció.

—Ayer cuando se dieron cuenta, las redes estaban llenas de eso.

—Yo ni estaba en línea. Había regresado de la casa de mi flaca y mi amigo me llama: “Oe, huevón. Ya está Pokemon Go”.

— ¿Tu enamorada también juega?

—Sí, justo hoy que regreso de allá (su casa). Hemos atrapado varios.

—Yo hasta ahora no he visto ninguno de mar.

—Le dije para ir a la playa, pero no quisieron sus papás. Alucina que su casa está en Magdalena (un distrito en la costa de cielo gris limeño) y hay muchas pokeparadas. Por mi casa ni hay.

—Deberías tener en cuenta que hay sitios peligrosos.

—Sí, ya me imagino cuando salgan en noticias que robaron celulares por jugar esto.

— ¿Siento que lo hicieron para sacar a los gamers a las calles?

—Sí, creo, que sí. Mejor, ah. Así en lugar de estar sentados y solos, caminamos un poco. Imagina que después del nivel 7 se me ha complicado “levelear” (incrementar experiencia y rango).

El autobús bajó la velocidad por la congestión en Alfonso Ugarte, una de las pocas avenidas del centro histórico limeño. Las personas del pasillo parecían multiplicarse, ya ni veía la única puerta de salida, ni al cobrador con su gorra café. Eran ya quince minutos desde Brasil, las parejas del inicio ya habían descendido. Los demás nos miraban reírnos del juego, otros solo miraban al infinito.

— ¿Ya has incubado algún huevo? — él trataba de respirar mejor cuando lo dijo.

—No, ¿qué son? Te digo que por lo que tuve que hacer ni tiempo he tenido.

—Caminas bastante y esos huevos crecen en las incubadoras. Mira, ya casi nace uno que tengo ahí.

A los minutos, el personaje desapareció de la pantalla. El amarillo se apoderó del juego y la cáscara de un huevo de dinosaurio (como en dibujos animados) se partió. Un Bulbasaur nació. El muchacho desgarbado me miró y retornó a la pantalla, sonreía de alegría.

—Siempre había querido uno así. Qué suerte. Mejor pondré otro para ver si sale otro bacán.

— ¿Qué? ¿Dónde bajas?

—En Los Olivos.

Yo no bajo en una pokeparada. Tampoco puedo sacar el celular y jugar porque no es segura esa zona. Como Lima en general, donde se roban un promedio de 6 mil celulares al día. Para ser una ciudad de casi diez millones, igual es una cifra alta. El sitio donde bajará mi compañero de asiento está a diez más que el mío. Estamos ya a una hora de la avenida Brasil, aquí desciendo. Atrapados en la congestión, sería una hora y media. Él chico tiene tiempo para incubar un huevo pokemón más o dormirse en el camino.

— ¿Y te has quedado sin pokeballs?

—Sí, es lo peor, puta madre. Me quedé sin nada a eso de las dos de la mañana. Qué diablos iba a caminar hasta la iglesia más cercana a esa hora, me mataban. Casi compro treinta soles (12 dólares) de pokebolas.

—No, pues. Estás loco. Muy caro, viejo.

—Te juro que sí. Imagínate, brother, que ya había sacado mi tarjeta y casi me recargo. Así, sin pensarlo.

De este modo, la tienda en este juego de realidad aumentada consiguió facturar 200 millones de dólares en su primer mes, según medios especializados. Las personas recuerdan su infancia sentados frente al televisor y gastan ahora que pueden.

La aplicación es gratis, pero la tentación de tener ventajas sobre otros jugadores es más grande. Solo el tiempo dirá si después las primeras citas serán en su mayoría para buscarlos con la persona que te guste. Por ahora, ha logrado cambiar el uso de la realidad aumentada en los teléfonos celulares.

Acerca de Mario Polo Vargas