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El negocio de la pobreza

El negocio de la pobreza

Una visión humana de la crisis económica Norteamericana

En el programa de formación de arrendadores financiado por el ministerio de justicia en Milwaukee, la ciudad más grande de Wisconsin (Estados Unidos), enseñan a los propietarios que es esencial obtener garantías suficientes de que sus inquilinos les van a pagar: “Si tienen una orden judicial de desahucio reciente o un historial de morosidad, no querrás alquilarles. Si tienen un desahucio, ¿qué les hace pensar que a ustedes sí les pagarán?” Y si la cosa se pone fea con el arrendatario, el propietario debe tenerlo claro: “Repite conmigo: esta es mi propiedad.”

Con estas premisas, un arrendador con una treintena de viviendas ocupadas por personas por debajo del umbral de la pobreza puede ingresar unos 20.000 dólares al mes en alquileres. Es el caso de Sherrena Tarver, una de las protagonistas de Desahuciadas. Pobreza y lucro en la ciudad del siglo XXI, con un patrimonio neto de dos millones de dólares. “El barrio es genial. Se puede hacer un montón de dinero”, suele decir. Del otro lado está gente como Lamar, que ingresa 628 dólares al mes y debe destinar 550 al alquiler. Así que solo le quedan 2,19 dólares diarios para sacar adelante a sus hijos, una labor más que complicada para alguien con dos piernas amputadas por congelarse cuando vivía en la calle.

“Un alojamiento decente y asequible debería ser un derecho básico para todos” –dice Matthew Desmond (San José, 1980), autor de la obra premiada este año con el Pulitzer de no ficción–. “La razón es sencilla: sin un alojamiento estable, el resto se desmorona.” Sin un alojamiento estable desaparece el hogar, el “refugio de la rutina del trabajo, la presión del colegio y las amenazas de la calle”. Los desahucios envían a las familias a albergues, a barrios peligrosos o a quedarse sin techo. Crece el riesgo de sufrir una enfermedad o una depresión. Y un desahucio, a menudo, conlleva la pérdida del empleo.

Desahuciadas es una “exposición profundamente investigada que muestra cómo los desahucios masivos después de la crisis económica de 2008 fueron menos una consecuencia que una causa de la pobreza”, como justifica el jurado del Pulitzer. Según el escritor cuando las personas tienen un sitio fijo en el que vivir se convierten en mejores padres, trabajadores y ciudadanos. Pero en Estados Unidos se expulsa de sus hogares a millones de personas cada año, cuando “hasta hace no mucho, la mayor parte de las familias en régimen de alquiler cumplía” con sus pagos.

La pobreza, sostiene Desmond, se ha convertido en un lucrativo negocio, y nadie la había abordado desde el punto de vista de los desalojos, que se han convertido en algo habitual en los barrios más humildes. Tanto que Arleen, una mujer retratada en Desahuciadas, no se planteó pedir ayuda a ningún familiar cuando a tres días de la semana más fría en una década, con una sensación térmica prevista de cuarenta grados bajo cero, no tenía un hogar donde dormir. “A lo largo de los años había aprendido a pedir ayuda a su tía favorita solo en casos reales de emergencia, y los desahucios no lo eran.”

 

Desmond vivió entre 2008 y 2009 en casas prefabricadas, de calidad ínfima, para entender las vidas y los problemas a los que se enfrentan los pobres. Los acompañó cuando tenían que pagar sus atrasos, cuando pintaban sus casas, cuando iban a misa… “Excepto que así se indique, fui testigo de primera mano de todos los sucesos que se produjeron durante ese periodo de tiempo”, dice el autor en una nota introductoria. El ganador del Pulitzer no solo acompañó a los vecinos que malvivían para llegar a fin de mes, también a los propietarios: Sherrena estaba enamorada de su trabajo y quería que la gente supiera “lo que los caseros tienen que pasar”.

Desahuciadas es la historia de ocho familias arrasadas por los procesos de desalojo en Milwaukee, un “área metropolitana de mediano tamaño bastante típica” que representa de forma aceptable lo que ocurre en otras ciudades. Sin embargo, Desmond no encontró ningún estudio que aportara datos estadísticos de valor. El autor del libro no es reportero, sino un sociólogo que da clases en Harvard, y encargó encuestas que revelaron datos sorprendentes: uno de cada ocho residentes en régimen de alquiler en Milwaukee ha sido desahuciado alguna vez, buena parte de los desalojos se producen en barrios negros, y dentro de esos barrios las mujeres tienen una probabilidad de ser desahuciadas más de dos veces superior a la de los hombres.

La presencia de niños en la vivienda triplica las posibilidades de ser desahuciado: “El efecto de vivir con niños es el equivalente al impago de cuatro meses de alquiler.” Y en la mayoría de las ocasiones en que los dueños reciben una notificación por molestias relacionadas con violencia doméstica, responden con desahucios o amenazas. Las mujeres maltratadas se enfrentan a “una espinosa elección: guardar silencio y asumir los maltratos o llamar a la policía y asumir su desahucio”.

El proceso de los desahucios permitía a Desmond abordar la pobreza a partir de un vínculo que implica a pobres y ricos en una relación de dependencia, que era su objetivo. Pero no se queda en la mera exposición del problema, también propone soluciones. Grandes soluciones, como priorizar el acceso a la vivienda, y otras realizables a corto plazo: ampliar la asistencia legal gratuita e introducir en el debate el concepto de explotación.

“Es un término que nos habla del hecho de que la pobreza no es solo un producto de los bajos ingresos. Es también un producto de los mercados extractivos”, afirmó el literato, que plantea introducir un programa universal de vivienda bonificada. Eso aseguraría unos ingresos más estables a los propietarios y evitaría tratar el derecho a techo como un mero negocio, “algo que sencillamente da beneficios”.

Mientras que el gasto federal en asistencia directa para vivienda se quedó en 2008 en 40.200 millones, los beneficios fiscales para la compra ascendieron a 171.000 millones. Es decir, la mayoría de los subsidios se destinan a las familias con rentas altas. Desmond propone distribuir de otra manera los fondos. Si la pobreza persiste en Estados Unidos, concluye, no es por falta de recursos.

Ricardo Urteaga-Reportero AP.net

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