domingo , diciembre 17 2017
Noticias Destacadas
Inicio / Reportajes / Entrevistas / La ruta de los diarios: La dura travesía de vender noticia
La ruta de los diarios: La dura travesía de vender noticia

La ruta de los diarios: La dura travesía de vender noticia

“Hoy no es un día cualquiera, hoy tenemos más trabajo” dicen durante una madrugada de sábado, Luis y Margarita Ramírez, esposos desde hace 20 años. Comparten trabajo, creencias religiosas y una casa de dos pisos. Venden diarios en un metálico quiosco verde, decorado con afiches de álbumes y revistas, en la esquina del Mercado “13 de Mayo”. Esta zona es casi el límite entre San Martín de Porres y Callao.

Antes del amanecer, tres y media de la mañana. En una esquina de la avenida Pacasmayo –paralela a la avenida Japón y Elmer Faucett—, la señora de Ramírez, quien solo madruga a recoger los diarios los fines de semana, alista el dinero en una cartera pequeña. Desde hace diez años, contratan un Station Wagon, que de día es taxi. Margarita se sienta como copiloto, mientras Luis levanta la puerta trasera y esconde los asientos traseros. Después, distribuye el espacio para la bicicleta y crea un estrecho espacio en el portaequipajes para su metro sesenta de estatura. El dueño le avisa que se acomode, ya deben partir hacia “El Chaco”, la distribuidora de diarios, y hacer cola. El señor Ramírez le comenta que espere, la rodilla recientemente afectada por una caída le duele. Cesa el dolor y avanzan.

“Este sitio no es peligroso, solo está desolado a esta hora”, comenta Margarita rumbo a la agencia. Son las cuatro de la mañana de un sábado de noviembre, las calles son recorridas por automóviles y hojas sucias de publicidad. La temperatura alcanza un grado muy bajo para Lima, 14 grados centígrados. Los cónyuges platican un poco acerca de lo que espera el día, las necesidades del hogar y de lo que corresponde al trabajo, devolver cupones o mercancía del día anterior. El señor Luis siempre usa lentes y gorra, dice Margarita. Los que tiene están desgastados. El esposo vino, hoy, con una casaca jean para conservar el calor. La esposa de Ramírez viste una casaca polar marrón y un pantalón de lana negro. No tiemblan de frío en ningún momento.

Luis explica que los canillitas no trabajan desordenados. Todos son parte de un sindicato y también de la Federación Nacional de Expendedores de Diarios, Revistas, Loterías y otros del Perú (Fenexdrelp).

“Cualquiera no puede entrar”, exclama. “Tiene que tener algún contacto dentro”. Comenta que por ley interna, deben distanciarse como mínimo dos cuadras entre quioscos, pero admite que no siempre se cumple. A veces, porque existen muchas familias que se reparten la venta en esquinas, improvisan puestos o algunos caminan con una pila de diarios bajo el brazo y los anuncian entre los carros detenidos por el semáforo. Pero siempre con una actitud territorial. Casi animal.

El conductor detuvo el auto frente a la agencia ‘El Chaco’, lugar donde se distribuyen los diarios desde 1962. Luis y Margarita desocuparon los asientos, estiraron un poco los brazos. Con ayuda del dueño del taxi, Luis retiró su bicicleta hacia la distribuidora. El establecimiento se encuentra en un jirón del mismo nombre, en la primera planta de planta de un edificio familiar de tres pisos.  A pocos metros de la comisaría Barboncitos en San Martín de Porres. A quince minutos de la residencia Ramírez en la avenida Pacasmayo y diez del puesto de diarios.

Margarita cruza la calle y saluda a tres vendedoras –madre e hijas-. Frente al establecimiento, ellas están recostadas sobre frazadas, rodeadas diarios de ayer. Con risas y bostezos están ahí desde las dos a.m. Como estas mujeres, los esposos duermen poco. En promedio, desde las 8 o 10 de la noche hasta las 2 y media de la mañana. Con dificultad se acostarán antes de las 10 de la mañana. Los comerciantes concurren de a pocos y en distintos vehículos. Taxis, motos, bicicletas. Entre ellos se conocen, avisan de su llegada y esperan su turno para pagar o devolver la mercancía o reclamar.

Instantes previos a la aparición del día, el ruido de una discusión ocupa esa parte de la calle. Una vendedora se queja, el encargado de la oficina le reclama un error al contar. Esta calla para que retorne la paz y no desperdiciar más tiempo. “Nunca me equivoco”, es la frase gritada por el encargado que permite a los movimientos de brazos silenciosos y cálculos mentales inundar el ambiente de nuevo. Es una noche sin alarma de ambulancias, ni transitar de bomberos.

Margarita señala que el hombre nunca se equivoca porque tiene mucha concentración y ni la música que más disfruta, la cumbia, influye. Él se enfoca en lo suyo y listo, recalca.

Conversan entre ellos como cada fin de semana desde hace siete años. Margarita “recién” apoya a su esposo en esta actividad, pero aprendió muy rápido. Por ejemplo, saben que mucha más gente compra los sábados y domingos. Más personas se quedan en familia.

Acuerdan apresurarse con la “compaginación”, la unión de las páginas en correcto orden, apenas sea entregada. “Los periódicos no vienen listos, los armamos”, dice la señora.

Luego de recibirlos y para ‘compaginar’, la señora coge una pila de diarios y se ubica en la acera de la oficina. Reparte las partes, compagina de derecha a izquierda al diario decano. Los minutos pasan, las camas improvisadas de las mujeres desaparecen, Luis inventaría los productos. “El más grande es El Comercio. Tiene muchos complementos, hoy tiene ‘Somos’, publicidad y otros más”, exclama Margarita.

Luis reparte un porcentaje de los diarios listos para entregarlos en bicicleta, su señora en el quiosco y otra cantidad de diarios para un amigo que vende pan en dos ruedas. La señora Ramírez apunta los gastos, los diarios, revistas y láminas educativas detalladamente en un cuaderno por si acaso. ‘Eres muy ordenado’ exclama su compañera, él la mira y ríen. Comenta Luis, algo angustiado, que los diarios no siempre llegan temprano. “Los de la línea de Epensa llegan más temprano, los de La República se demoran un poco y El Comercio —por ser mayor en cantidad— se demora más, a veces. Más se venden son ‘Trome’, ‘Ojo’. Los diarios chicos también tienen sus agentes”.

El señor Ramírez calcula y alista la canasta de su bicicleta. Luis le dice a su esposa que llame a Plaga, el mototaxista y su vehículo Bajaj celeste con blanco sin “tunear”.

Minutos después, el reemplazo del station vago se detiene frente a la agencia. Son casi las cinco y cuarenta de la mañana. “Llegó el momento, Plaga ya vino”, asegura Margarita a Luis. Después, le pide entre favores y miradas ojerosas al mototaxista que recoja los periódicos ya armados. Él los llevó al asiento y acomodó, aseguró la puerta de la derecha para que la brisa no desordene todo. Aún hace frío. Subió Margarita sola y sentada a un lado de los ‘Trome’, comprueba por última vez.

Luis enderezó la bicicleta y comenzó a pedalear. ‘Plaga’ encendió el motor y giraron las ruedas del vehículo celeste. La ruta hacia el quiosco demoró diez minutos. Al arribo, Margarita tenía que colgar todo. Los diarios, las revistas y los objetos coleccionables fueron sujetos con ganchos para exhibirse. Margarita enciendo la radio que la acompañará hasta que aparezca el señor Ramírez, cerca de las 10. El primer cliente apareció a penas al llegar, apurado y con cincuenta céntimos en la mano para comprar un ‘Ojo’.

Las ventas casuales continúan mientras Margarita acomodaba los diarios para sus clientes frecuentes que llegarán durante su jornada, de 7 a 2 de la tarde. Llegado ese momento, su esposo la releva hasta la cinco. Luis se encarga de guardar la mercancía y regresar a casa. Hasta el comienzo de otro día.

Por: Julio López – Reportero.

Acerca de Mario Polo Vargas