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Las ventajas de no ser un muñeco de fiesta

Las ventajas de no ser un muñeco de fiesta

Augusto ha trabajado con un disfraz de fiesta, le pagaban casi treinta soles por bailar dos horas en una matiné y él cuenta lo difícil que es no “morir” en el intento, puesto que el traje tiene un hedor insoportable.

“Puedes hacer el ridículo y tranquilo. Nadie sabe que eres tú”, dice AUGUSTO. Estudiante universitario de veintidós años, bajo y de contextura gruesa, que hace cinco años se dedicó a disfrazarse en fiestas infantiles.

“Yo trabajaba en una agrupación llamada ‘El cubo mágico’”. No era una empresa formal y todos los integrantes vivían en una misma calle de Chorrillos. AUGUSTO cuenta que solo se “hacían propaganda” con volantes y al final de cada show. En promedio, tenían tres presentaciones los fines de semana. Cada evento por dos horas.

En cada aparición de “El cubo mágico”, los niños veían a un payaso, dos bailarinas y cuatro chicos disfrazados de caricaturas. Casi todos tenían vestimenta propia. Excepto los últimos. Los cuatro alquilaban su herramienta de trabajo a diez soles en el negocio de una conocida.

“Nadie sabe lo que es ahí dentro. Esos trajes los ‘rotábamos’, pero incluso así el hedor del sudor es pésimo. Nadie los lava. Muchas veces le eché desodorante al mío, solo empeoraba”. AUGUSTO debía utilizar el traje durante todo el show y salía “algo aturdido”.

 

En la época que AUGUSTO trabajó bajo el disfraz, cursaba quinto de media. Ganaba de treinta a cincuenta soles. Se “sentía tan rico” que en alguna ocasión invitó gaseosas o cervezas a todo su salón. Eran un colegio particular y eran pocos, aclara.

“Los chibolos son bastante malos”, comenta AUGUSTO. “A uno de mis compañeros, un niño muy desarrollado para su edad le metió un patadón en la entrepierna. Cualquiera piensa que el disfraz disminuye el impacto. Pero él dijo que el dolor fue peor”.

AUGUSTO dice que los motivos para que “El cubo mágico” prosperara fueron sus costos mínimos, pues las presentaciones eran en Chorrillos y un ambiente de trabajo “genial”. “Todos éramos muy amigos”. “Habían personajes que no tenían conexión en las series, pero nosotros creábamos una historia que encantaba a todos”, rememora y sonríe.

Una vez, los contrataron por cinco horas para animar una “matiné”, desde las cinco hasta las diez. Estaban a diez cuadras del barrio, con el mismo ánimo y creatividad. “Gustamos bastante ese día”, comenta AUGUSTO. El chico bajo el disfraz comenta que le agradó tanto a los padres de esa reunión que les invitaron trago. La hora avanzaba y la gaseosa en los vasos se terminaba. En su lugar, cerveza.

Una hora después, tras el pago y el cansancio del show, regresaron a casa. “Lo más gracioso fue que así, disfrazados”. En un momento, el payaso pidió que se abrazaran. Lo hicieron. Una bailarina propuso que cantaran en la calle. Todos lo hicieron. Se grabaron y corrieron “como locos”. “Por suerte, nadie llamó a serenazgo”, dice AUGUSTO con alivio. “¿Qué pensarían los demás?

No sé. Pero sí fue una de las mejores y más divertidas noches de mi vida”.

Por: Julio López – Reportero AP.net

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