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No es la cuarta sino la quinta transformación para México

No es la cuarta sino la quinta transformación para México

Adolfo Medrano

Ahora que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se apresta a gobernar no iniciará la “cuarta transformación” como él mismo dijo sino la quinta pues, guste o no, la cuarta es obra del expresidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), quien sentó las bases del neoliberalismo en México, misma que el tabasqueño pretende desinstalar.

Esta “quinta transformación” tendría un carácter correctivo frente a las reformas que se realizaron a fines del siglo XX y en lo que va del XXI bajo el eufemismo de “liberalismo social”.

Según AMLO, líder del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), los grandes cambios en México tuvieron tres momentos clave: el Grito de Dolores y el inicio de la guerra de independencia con el padre Miguel Hidalgo y Costilla (1810), las reformas de Benito Juárez que separaron a la iglesia del Estado (1855-1863) y la revolución agrarista mexicana (1910-1917).

López Obrador pretende hacer la cuarta transformación con un gobierno de corte nacionalista y de izquierda, pero insistimos, será la quinta porque primero hay que desinstalar lo que el neoliberalismo cambió en los últimos 30 años.

Todo empezó con la inestabilidad económica que provocó la caída del precio del petróleo en 1982 obligando a que México asumiera de manera progresiva los “mandamientos” neoliberales del Consenso de Washington.

Lo que hizo Salinas fue iniciar de manera paulatina un proceso de privatizaciones y la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAM) dentro de la era globalizadora.

El liberalismo clásico del siglo XX había entrado en crisis y urgía que los Estados se quitaran de encima de la carga de las prestaciones sociales, los mecanismos de control del mercado y propiciar la participación activa de la iniciativa privada, por ejemplo en las telecomunicaciones.

Durante los gobiernos de Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012) las reformas neoliberales se mantuvieron vigentes con la apertura del capital extranjero, pero con Enrique Peña (2012-2018) entraron en vigor nuevas reglas de contrataciones laborales y las reformas estructurales vinculadas a la energía y la educación.

El giro que propiciaron estas reformas alejaron al país de los principios rectores de la revolución y se convirtieron en el caballo de batalla de López Obrador, empeñado en devolver a México la personalidad histórica de una nación soberana que podría enfrentar los retos de los nuevos tiempos con las viejas fórmulas del nacionalismo.

Lo cierto es que a pesar de lo dicho por los boleros y taxistas de que el PRI ganaría la elección, los pronósticos fallaron y se inicia una nueva etapa que no será tan fácil como AMLO cree.

Por ejemplo, él ha dicho que habrá cero corrupción desde el inicio de su gobierno, pero el asunto pasa por saber cómo hará para calar en la conciencia del servidor público a fin de desterrar el famoso “el que no transa no avanza” o “el vamos a michas”.

La carencia de empleo y la informalidad son algunos de los temas que preocupan a los ciudadanos, urgidos de generar recursos para sus familias. Por otro lado, volver a cero la reforma educativa podría traer como consecuencia que el gobierno de AMLO se convierta en rehén de los sindicatos de maestros cuya fuerza es indiscutible en el país.

Las negociaciones de un nuevo TLCAN y la posición de México frente a la arremetida del presidente norteamericano, Donald Trump, para construir el muro fronterizo son temas que pueden desgastar a su administración.

Sin embargo, el asunto de mayor preocupación es el combate al narco. El desborde de la violencia que amenaza a México se ha extendido por todo el país y parece no tener control. No queda muy en claro cuál será el nuevo rol de las Fuerzas Armadas y tampoco el papel de la federación para coordinar la lucha en los estados.

Si bien AMLO representa la última opción de legitimar a un gobierno de izquierda en América Latina, queda el temor de que no pueda cumplir con todo lo ofrecido y en las elecciones de renovación del Legislativo pierda la confianza popular ganada no tanto por mérito propio sino por el voto de castigo que la ciudadanía dio al PRI.

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