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Pucallpa: El paraíso del suelo colorado

Pucallpa: El paraíso del suelo colorado

Arcilloso, me dijeron. Caluroso, comprobé. El camino fue largo en bus, casi un día de viaje por el mal tiempo, pero la experiencia en Pucallpa, increíble.

Miércoles, 1 de marzo de 2017

Tengo 20 años, vivo en Lima y viajo a diario, pero solo en buses. De mi casa al trabajo, del trabajo a la universidad y de esta última, a mí cuarto. Así que ninguno de esas cosas trata bien a mi espíritu aventurero.

Pero hoy es diferente. Saldré de la capital para conocer qué hay más allá de las montañas marrones, gracias a unas vacaciones imprevistas (El asistente de mi jefe, un hombre con lentes y barba tupida, me llamó y solo dijo: estás libre por dos semanas).

Conoceré la tierra de mamá, Pucallpa. Dicen en casa que conozco la ciudad, viajamos cuando tuve dos años, pero yo no hablaba y menos, tenía consciencia como para recordar algo.

— ¿Mamá, qué tal es el viaje en autobús hasta allá?

—Horrible, hijo. Mejor busca un pasaje de avión. Yo te ayudo a pagarlo, te devuelvo algo. Una parte. No sé. Créeme es una experiencia fea.

— ¡Pero me sale caro, Ma!—Casi el doble. Los ahorros sí me alcanzaban, pero no tenía apuro—.Y pensé en la canción: “No hay que llegar primero, sino que hay que saber llegar”.

Tras largos minutos de discusión, Mamá dijo:

—Ya, Julio. Hazlo. Vive tu experiencia y ya me dirás si quieres viajar de nuevo en autobús.

Tenía fe en que soportaría la travesía y sus dieciocho horas, tal vez. La comprendo. Lo normal es ir de menos a más en la primera oportunidad. Una situación es tolerar dos horas en un autobús limeño, por rutas grises, sin paisajes naturales memorables, ni un brisa placentera o aromática y otra, muy distinta es viajar ocho, diez, quince, dieciocho, veinticuatro o veintiocho horas por una carretera tan “traicionera”, como dice mamá. Porque en cualquier momento, pasaría una desgracia y las noticias que nunca me sobresaltaron, cuando leía el periódico, fueron repasadas en mi mente.  “Carretera en la sierra central sigue bloqueada, los camiones y buses interprovinciales permanecen varados y en peligro por caídas de rocas a la autopista. Los huaicos dificultan la llegada de alimentos desde hace cuatro días. Los precios en los mercados se incrementan. En otras noticias, un perro acaba de llegar a la Luna. ¿Cómo lo hizo? Descúbralo en el siguiente corte”.

Luego de unos clicks y digitar algunas palabras en google, conseguí el nombre dos empresas que hacía viajes por autobús a Pucallpa. La ciudad de la tierra colorada, porque la tierra, aparte de fértil, es arcillosa.

Viernes, 3 de marzo de 2017

Describir lo que no conozco, no me conviene para graficar la sorpresa que tuve al ver más que montañas infértiles y arenosas —como solo ves en Lima—. Entonces, me concentraré en describir algunos cambios en el clima. Al salir de la capital, donde el concreto impera y convive, al costado de los presupuestos inflados, en obras de infraestructura vial, reviví los paisajes que presencié desde en las excursiones de pequeño. Esta vez, no necesitaba permiso de papás y una larga espera para subir por tres o cuatro horas a un bus polvoriento. Yo iba en un sitio muy cómodo, cerca de la ventana, con aire acondicionado y una mantita. Me esperaban 20 horas de viaje, no estaba tan mal. Cuando esas vistas tan turísticas estaban frente a mis ojos a gran velocidad, un letrero del tamaño de un maletín como el de James Bond fijaba que Chosica está a 800 metros sobre el nivel del mar (m.s.n.m.) y yo, me desespero. La emoción me acompaña porque todo se ve mejor que en televisión y estoy harto de la tecnología —que no nos deja ni para ir al baño—. Pero hasta ese momento, tenía que contestar llamadas preocupadas de mamá. Una de papá, al que le comenté que viajaría el mismo instante en que esperaba.

Acomodé la almohada tras mi cabeza, el cuerpo y miré hacia la ventana. Las gotas caían y yo las seguía. Se empañaba el vidrio y las películas continuaban una tras otra. Una sobre un súper agente secreto calvo la vi por segunda vez ahí. Recordé lo mucho que me emocioné en el cine con papá y mi hermano Gato. Pero mis ojos se desconectaron del resto y vieron la belleza del cielo nublado que contrastaba con la vegetación, las piedras enormes y erosionadas para morir con la tierra marrón, a veces arcillosa y otras, muy verde.

Eran las cinco de la tarde, la señal de teléfono iba y venía. Me dolían los ojos de tanta naturaleza. Me emocionaba este viaje y así sería a lo largo de los 6 días que estuve en la tierra de mamá. Dormí y oscureció, mi móvil estaba en carga completa y en silencio perpetuo. No llegaba a ni una barra. Me dormí.

A las siete de la noche, el terramozo empezó con el reparto de comida recién calentada en microondas. Era Lomo saltado. Yo a esa hora tenía cierto malestar en la vejiga, pero no deseaba pararme porque sentía mareos. Cogí el plato, con calma. Lo abrí y revisé. Si comía, a las horas necesitaría evacuar y eso no sería posible en el bus. Nos avisaron desde el comienzo —y mamá también—.

No probé el segundo, pero involuntariamente. Lo dejé la mesa armable que tenía mi asiento durante un segundo, el carro dio golpe brusco a una piedra y mi plato cayó.

La noche no mejoró, aunque sí pude dormir un poco hasta que la temperatura subió exageradamente. Luego entendí que el bus llegaba a Ticlio, cerca de 4 mil metros sobre el nivel del mar. Yo estaba impaciente por llegar, me zumbaban los oídos y respiraba lento. Ya quería estar en la ciudad de la que oí hablar mucho. Faltaban varias horas, llegué al mediodía y llovía.

Sábado, 4 de marzo de 2017

Me iba a quedar dos días para retornar por el mismo medio y ahorrarme un poco de dinero. Yo quería hacerlo todo y pasear hasta la hora que sea. Quería explorar, pero la lluvia solo provocó más hambre. Entonces, al llegar hacia la casa donde vivió mi madre, mis abuelos y las travesuras que alguna vez hicieron me sorprendí. El aroma, la simpleza, los animales sobre la tierra caminando con soltura y las plantas detrás de la casa, la huerta.

Sin esperar, almorzamos y fuimos al zoológico. Un primo mayor que yo posee una mototaxi y trabaja para mantener a su familia. Nos llevó para ver a los animales, yo traje conmigo una cámara semiprofesional. Estaba con una gorra, short y polo. El calor abrumaba a cualquiera. Paseamos cuidándonos de los mosquitos, evitando pisar a los animales y a veces, cubriéndonos las narices por los olores. El zoológico estuvo muy descuidado, a pesar de tener mucha variedad.

Al día siguiente, las visitas y diálogos comenzaron a las 8 de la mañana. A las 10, con dos tragos de masato encima, fui a la casa de un tío en el kilómetro 6. Entre más conversaciones y chismes familiares, surgieron botellas de cerveza San Juan. Terminé medio embriagado a las 4 de la tarde y así, mis primos y tía me llevaron al puerto de Pucallpa, vimos a unas cuadras también la Plaza Mayor y el reloj. En aquella época del año, también una feria con juegos para los niños estuvo de paso. Tras varias horas de paseo, hasta el anochecer, pensé en que sería buena idea ir al cine. Los precios en las entradas eran baratísimos. Lo malo, la comida costaba igual que aquí. Vimos Logan y nos fuimos contentos a dormir.

Domingo, 5 de marzo de 2017

El despertar de domingo fue interesante. Yo nunca había oído una lluvia tan intensa. En las películas, tal vez, pero presenciar como golpetean las gotas contra las calaminas y sentir truenos. Durante la mañana, seguía. En la tarde, ya cuando tuve que ir rumbo a Lima, continuaba. Había decidido ir en avión por la tranquilidad y rapidez. Me tuve que despedir con pena de ese paraíso imperfecto. Además de la nueva familia que por fin conocí. Me gustaba todo de aquel lugar. En especial, que ahí me sentía vivo, como si fuese capaz de vivir 100 años más.

POR: Julio López – Reportero AP.net

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