AgenciaPerú.Net//Cuento escrito por Addhemar H.M. Sierralta hace casi 20 años y que cobra actualidad por los problemas ecológicos.
Así como el agua dominaba océanos, lagos y ríos, los vegetales cubrían la mayor parte del orbe. Ni en tierra ni en aguas habían animales como los conocemos actualmente. Sólo moraban los microorganismos.
Las raíces, los árboles, las utilizaban para desplazarse. La vida vegetal transcurría en armonía y la tierra estaba cubierta por inmensos bosques.
Un día aparecieron los peces en el agua y las aves e insectos en la faz de la tierra. Los vegetales se entendieron con facilidad con los nuevos moradores y se ayudaban entre ellos. Las abejas cooperaban con las flores, los árboles cedían sus ramas y hojas para los nidos de las aves.
Otros insectos facilitaban nutrientes a la tierra de donde las plantas y árboles se alimentaban. Era una especie de paraíso terrenal.
Hasta que llegó el hombre, luego la mujer y sus descendientes. Fueron poblando poco a poco la tierra. Atacaban a los árboles para quitarles hojas para cubrirse. Rompían sus ramas para usarlas en armas. Tomaban sus frutos. Luego cuando inventaron el fuego y los machetes atacaron a los árboles para convertirlos en leña y madera para sus casas.
La mortandad de estos buenos seres fue grande. Los hombres no entendían su idioma y por más que los árboles y los otros animales, que empezaron a poblar la tierra, trataron de hacerles entender que la mejor forma era vivir en paz y cooperando entre ellos, el hombre siguió con su devastación.
Un buen día los árboles, muy tristes, se reunieron y acordaron emigrar cerca de las montañas y formar tupidos bosques y selvas para alejarse de los humanos. Quedaron muchas zonas desérticas. Los árboles para apoyarse decidieron introducir y fijar sus raíces en la tierra para resistir los ataques. Así lograron sobrevivir mucho más que otras especies. Decidieron también dejar de hablar musicalmente. A partir de entonces sólo se escucharían sus crujidos como lamentos cuando pasaban los vientos. Muchas lágrimas vertieron, muchos aún lloran como la goma y el caucho.
Pasaron los siglos y los vegetales, en especial los àrboles, seguían ayudando a los humanos. Proporcionaban alimento, medicinas, cobijo, calor o energía. Pero no recibían un buen trato. Poco a poco el hombre diezmó los grandes bosques y las selvas. En su locura no comprendían que además de todos los beneficios había uno más importante : el oxígeno. Las plantas, con su verdor, proporcionaban el vital aire para que los humanos siguieran con vida. La brutal emisión de gases tóxicos, derivados de las industrias sin control, empezó a afectar las capas protectoras en la estratófera de nuestro planeta.
Se fue destruyendo la capa de ozono. Empezó la tierra a recalentarse. Los hielos y nieves eternas a disolverse. Grandes lluvias, tormentas y "tsunamis" aparecieron. Era el dolor de los árboles que aún en su pena querían decirle a los hombres que no los mataran.
Junto con el dolor de los árboles apareció otra catástrofe : muchas especies animales fueron extinguiéndose. De esta manera empezaba a romperse la cadena alimenticia de la naturaleza. La ecología herida de gravedad comenzó a pedir auxilio. El hombre seguía sin escuchar. Continuaba con su agresividad y destrozos.
Una noche los árboles decidieron perecer. Pidieron a los vientos que dejaran de soplar. El calor se hizo muy fuerte y un gran incendio los fue consumiendo. Pero algunos arbustos jóvenes dejaron sus raíces y marcharon hacia las ciudades. Volvieron a hablar para sorpresa del género humano. Sólo hubo un niño que llorando por todo lo que ocurría pidió a su madre que hiciera caso a la súplica de los arbustos. Su madre habló con otras madres y niños y cada vez más madres del orbe exigieron a los hombres acabar con el incendio. Cuidar a los árboles y arbustos. Sembrar en toda la tierra más plantas y que se evitara destruirlos.
El mundo volvió a su equilibrio. Los árboles fueron entendidos y ellos volvieron a proteger a los hombres. Humanos y vegetales empezaron a caminar juntos hacia la paz.
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