Por Juan Saavedra Andáluz
AP.Net// "El Aprendiz de Shamán" pertenece a la novela realista. Es una historia que entremezcla la realidad con la ficción, un desvelado huracán de pasiones humanas donde la dicotomía argumental nos conduce al mismo tiempo por dos caminos: el heroismo de los protagonistas, su decidido compromiso con la justicia, manifestaciones crudas de barbarie y las visiones de pasajeros idilios carentes de romanticismo despojados de afectos que no generan sentimientos que comprometan una relación duradera. El tiempo se convierte así en algo fugaz y las relaciones en esencia impersonales.
La novela tiene aspectos descriptivos de gran impacto en la conciencia del lector. Con pericia propia de la literatura de reconocido valor estético, el autor describe con elaborada maestría el escenario en el que se desarrolla el gran drama vivido por el Perú en un periodo donde las armas toman la palabra con su verbo destructivo, ensanchando el espacio de la violencia estructural.
El país es rebasado más de una década por la violencia que acciona ideológica y políticamente con declarados objetivos de conquista del poder y control total del Estado. Entonces, el país deja ver su pústula social, su incapacidad de ganar terreno en la injusticia, hecho que involucra no sólo a las ciudades adormecidas y ensimismadas en su sibaritismo burocrático, indiferentes al devenir de una espeluznante etapa de nuestra historia, sino también a los grupos tribales de la selva central.
Lo que había eclosionado con una violencia imprevista y feroz en las aldeas de la sierra donde se mantenían formas casi medievales de convivencia social, liberó prontamente, como una terrible onda expansiva, todas sus consecuencias tocando primero las puertas de Lima y cercándola luego, en una especie de interminable pesadilla.
Allí, en una oficina de la capital, empieza el drama impreso en más de cuatrocientas páginas de esta apasionante novela de shamanes y aprendices que buscan, inmersos en una guerra de sombras asesinas, respuestas a las angustias cotidianas, una explicación racional a esta especie de locura salida de mentes torvas atacadas por la impaciencia, el delirio orientado a derrumbar todo lo existente para construir sobre sus ruinas una utopía. Obra sagrada de impenitentes nihilistas.
La narración se mueve en tiempos circulares, de manera diáfana, entretenida y agradable, con giros inesperados en la vida del principal protagonista. Después de un remezón producto de un atentado terrorista en Lima, deja sus proyectos citadinos, de desarrollo profesional y de sueños típicos de amor juvenil, renuncia a todo considerándolo banal, exento de significado y deja novia, amigos, trabajo y demás intereses para volar en busca de algo muy parecido al Santo Grial cristiano, inubicable en el tiempo y en la historia.
Su primera parada es el Cusco, ciudad entonces sacudida por la violencia senderista y la respuesta animalizada de las fuerzas del orden. Lo que sucede en esa ciudad no es más que el augurio de lo que vendrá en la peligrosa y accidentada secuencia de acontecimientos que, como en la magistral novela de Sholojov, "Don Apacible", finalmente lo retorna a su lugar de origen en busca de una paz que le venia siendo esquiva en los años de la alucinante travesía de la costa a la selva, tramontando dorsales del macizo andino, a través de comunidades convulsionadas, heridas de muerte masiva e indiscriminada a causa del terror expansivo del senderismo.
Un aborigen, Zheteno, juega el insólito drama en pared con Carlos Rengifo en la novela autobiográfica y, sin quererlo, por una cuestión moral, resulta siendo su compañero de infortunio. Él es la memoria vívida de uno de los tantos héroes de la antigua Esparta, un guerrero indígena inmortal en su rebeldía, indómito en su conducta y en sus deciciones. Es en realidad, el Alter Ego del autor en el paralelismo de la historia.
Pero "El Aprendiz de Shaman" no es sólo una novela de aventuras azarosas, donde la vida pierde su sentido en la violencia.
Es también una profunda reflexión acerca del ser humano, de su relación existencial con el cosmos, con los misterios que emanan liberados de la atrevida incursión en el mundo espiritual indígena, tocados por la magia de sus plantas sagradas, sus bejucos de alucinación en el que busca una respuesta totalizante al problema del hombre como ser vivo en su relación íntima con la naturaleza. La armonía del movimiento en todos los órdenes naturales, su esponjosa estructura en donde navega a través de los ríos arteriales buscando una verdad que no puede saber lo que es. Sólo intuye que "es", que "está", que guía o sugiere el destino.
Por eso, se sumerge profundamente en una aventura al que pocos hombres se atreven: explorar su propia conciencia mediante los sondeos metafísicos que supone que están a su alcance. Hay también exploraciones de carácter epistemológico todas orientadas a un sólo fin: entender la vida, interpretar sus propósitos, contactar con las fuerzas que la generan y la regulan con sus leyes, incomprensibles al común de los mortales.
Comprender los misterios de la naturaleza, del hombre como individuo y como ser colectivo, es uno de los grandes desafíos de esta obra de Gonzalo Tello Martín.
El otro gran desafío es tener la oportunidad de leerla.
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