AgenciaPerú.Net// Este es un cuento testimonial de Addhemar H. M. Sierralta escrito en el 2008.
Ayer recordé los 140 dólares que pagué por una semana del cuidado de Chipy, en el hotel para mascotas del veterinario de San Borja, porque viajamos a Miami y nadie podía tenerlo. También los desvelos que pasamos en casa cuando el engreído de mi pequeño hijo se cayó del borde de la ventana, mientras hacía su siesta, una tarde de verano. Algo raro en un gato pero fue cierto, tanto que se le rompieron un par de costillas al golpearse, en su caída, con el tubo del desagüe del sótano del edificio donde vivíamos. Un ruido tremendo se sintió cuando el minino golpeó con el tubo, nunca nos imaginamos que fuera el causante del estruendo.
Lo recogimos muy desmadejado y quejándose y pensé que estaba por morir, tal vez de hemorragia interna. Apenas contaba con pocos meses de nacido y ya casi había perdido una de las múltiples vidas que tienen los gatos. Pensaba que así las consumiría todas en poco tiempo.
Y ese pensamiento lo reafirmaba porque a mi pequeño hijo siempre le fue mal con sus animalitos. Habían muerto su conejo, primera mascota que tuvo, sus iguanas, sus tortugas y sus hamsters. El mismo me confesó su temor que le pasara algo: "tengo mala suerte con mis animalitos", me dijo entre sollozos. Ver a un gato inmovilizado daba pena y risa a la vez. Así el travieso Chipy empezó su etapa de descanso obligatorio.
Mi hijo y yo nos equivocamos. El gato de marras, según me informó Julio, el guardián del edificio donde vivíamos, quien se quedó con el minino cuando emigramos a los Estados Unidos para que mi hijo continuara sus estudios universitarios, había muerto hace 15 días. Tenía más de 11 años cuando se fue de este mundo. Algo así como casi 100 años de vida en los humanos. Según cálculos se dice que un año en la vida de los gatos equivale a nueve años de vida de los humanos.
Chipy, era gris rayado o atigrado y muy travieso. Causante de la rotura de las cortinas de la sala, de rasgar los cojines y mordisquear las patas de los muebles como si fuera un perro. Pero lo que más me jorobaba era su gusto de dormir la siesta sobre mi cama. Adoptó esa costumbre después de su accidente. Según me contó su nuevo dueño, Julio, Chipy vivió feliz porque en su casa encontró a dos gatas y tuvieron muchas crías.
Tal vez persiguiendo a alguna fémina Chipy un día desapareció, cuando tendría cerca de los dos años. Mi hijo recordó su mala suerte con las mascotas y estuvo muy triste por varios meses. Ya lo daba por muerto, se había resignado y empezaba a olvidarlo cuando una amiga le dijo que cerca a su casa había visto a un gato parecido y pensaba que era Chipy. Nada más saber aquello y mi hijo me pidió lo llevase a dicha zona para comprobar si era verdad. Todo indicaba que había gran posibilidad que fuera su gato.
Claro que estaba flaco desgreñado y medio golpeado. " ¿Será mi gato papá? ", preguntó mi hijo ... llevémoslo al veterinario y que le tome radiografías y las contraste con las que tiene del accidente y eso nos confirmará o no, le contesté ... y así ocurrió. El veterinario comparando las placas concluyó que se trataba del mismo animal.
La noticia alegró, como es de suponer a mi hijo, no tanto a mi mujer que ya se había acostumbrado a no tenerlo en casa. "Volverá a ensuciar todo", decía ... mi hijo prometió cuidarlo más ... yo me enternecí ... el veterinario lo desparasitó, bañó y vitaminizó ... Chipy regresó a casa como el hijo pródigo. Y como si supiera de su situación empezó a portarse bien.
Como no hay plazo que no se cumpla, llegó el momento de empacar bártulos y marchar a Miami para que Addhemar Jr. estudiara en la universidad. Era el 2001 y mi hijo quería llevarse al gato pero tal deseo no era visto con buenos ojos por su mamá y en esta ocasión yo apoyaba a mi esposa. Pensando cómo convencerlo para que regalara al felino le ofrecí 150 dólares si lo hacía. La oferta no era muy alta pero tampoco desdeñable para un muchacho de 16 años. Al final terminó obsequiando a Chipy al guardián. Empezó una nueva vida para el gatico ... y se embolsicó los verdes.
Hoy comuniqué la noticia del deceso de Chipy a la familia. Primero a mi hija, luego a mi mujer, quien dijo "Ya le tocaba" ... y finalmente a mi hijo, quien se sorprendió, pero aunque apenado, añadió : "Por lo menos vivió una vida larga". Julio le sacó una foto que nos la obsequiará. La tomó antes que empezara a perder el pelo por la edad y así este gato " centenario " quedará en el recuerdo de todos. En la noche le recé una oración. Chipy estará en el paraíso gatuno y fue la primera mascota que sobrevivió a todas las que tuvo mi hijo y el finado minino, realmente, supo aprovechar con creces las siete vidas de los gatos.
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