AP.Net// Un impactante y extraño suceso vivido por Addhemar H.M. Sierralta nos transporta a situaciones por demás sobrenaturales.
Hay circunstancias extrañas, muy curiosas para ser comprendidas sin pensar que lo paranormal o sobrenatural está presente en muchas situaciones de nuestra vida y en la muerte de algunos seres humanos.
Sin programarlo, el miércoles pasado, luego de una reunión frustrada en casa de mi hermana, decidimos -con mi esposa- visitar a una comadre que vive por Camacho y al pasar por un condominio, ubicado en la misma cuadra de su casa, me acordé de mi amiga Yolanda, a quien la última vez que la visité moraba en dicha agrupación.
Yolanda estaba en la mente de nosotros porque al armar nuestra primera casa compramos lámparas en su negocio, en donde vendía los productos de la fábrica de su papá. Ella fue una de esas personitas que nunca se olvida. Enamoramos pocos meses, unos dos años antes que yo conociera a mi esposa, y entre el recuerdo más emotivo siempre estaba su comportamiento muy correcto y moral. El prototipo de una verdadera señorita, de las que hoy se extraña. Aunque el recuerdo se ampliaba a su preciosa sonrisa y hermosas piernas que poseía.
Cuando dejamos aquella relación cada uno siguió su camino. Ambos contrajimos matrimonio, por nuestro lado, y en una oportunidad llevé a mi primer hijo para que lo conociera. La veía esporádicamente cuando pasaba por su tienda hasta que mi familia y yo emigramos hace casi un cuarto de siglo al extranjero.
Esa noche del miércoles pasado, al recordarla, mi esposa sugirió que fuéramos a comprar las nuevas lámparas a su negocio. Había transcurrido el tiempo y estábamos en pleno arreglo de nuestra casa para preparar el retorno al Perú.
El sábado siguiente pasamos por la antigua fábrica e intentamos ubicar una de las tiendas en Surquillo pero con resultados negativos." Ve a buscarla la próxima semana a la tienda de La Paz en Miraflores", me dijo mi esposa. "Eso haré", le respondí, y anoté una próxima visita a mi querida amiga.
Todo el viernes y el sábado recordé el rostro de Yolanda, las visitas que hicimos al médico para un tratamiento que ella pensaba debía de hacerme, las veces que la esperaba en el instituto de decoración donde estudiaba y los lindos momentos que pasamos juntos. Tenía muchos deseos de volver a verla y comentar sobre las décadas transcurridas.
El domingo en la tarde, cerca de las 4 y 30 p.m., en casa de otra comadre, me puse a leer el periódico. La tremenda sorpresa fue darme con la nota de defunción de mi amiga Yolanda. Ella -según el aviso- había fallecido el sábado 23 y el sepelio sería el mismo domingo a la hora en que leía la triste noticia. Mi esposa se puso nerviosa y señaló las extrañas coincidencias: "Hemos estado pensando en ella estos días y en especial el sábado", dijo.
"Por qué tiene que marcharse la gente buena", comenté. Pero, junto a mi pena, la noche de ayer sentí su presencia en la que con su peculiar sonrisa me decía: "No te sientas mal por mí... estoy en un lugar muy hermoso". Aquello me ha dado paz y aún cumpliré lo programado e iré a buscar a alguna de sus hermanas para saber qué ocurrió con aquella personita maravillosa que supo hacer una familia y estoy seguro deparó bellos momentos a sus seres queridos.
Descansa con Dios Yolanda.
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