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Patuto (Cuento)

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patutoAgenciaPerú.Net// Este cuento de Addhemar H.M. Sierralta fue publicado en la "Antorcha Leonciopradina", revista de los cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado de La Perla-Callao, en Lima, Perú el año 1966.

Patuto era como un capullo de algodón. Su dulzura y pelaje lo distinguió de los otros canes que tuvimos en casa. Tenía mi edad. Siete años. Su cariño por mi hermanito de pocos meses de nacido era algo fuera de lo normal. Lo acompañaba al pie de la cuna y estaba atento al despertar del bebé para anunciarlo con ladridos de alegría.

Era lo que se puede decir, un fiel guardián. Divertía a mi hermanito haciendo piruetas de todo tipo. Tenía una gracia al tratar de morderse la cola o saltar cuando mi madre se acercaba al crío con el biberón. Todos lo querían. Y Patuto lo sabía.

Junto a la cuna, en una mecedora, mi madre tejía cuidando el sueño del menor de la casa. Muchas veces ella también, rendida de los trajines hogareños, se quedaba dormida. Al costado, en una pequeña cesta, dejaba los palos de tejer, las tijeras y las lanas. El perrito también aprovechaba para descansar abriendo un ojo de vez en cuando. Vigilaba aún en el sueño y dabe risa verles así. Mi padre pudo, por lo menos, tomar una fotografía de tales escenas, muy frecuentes en horas vespertinas. Todavía la conservamos en un marco especial.

Mi hermanito nació en verano. A los tres meses lo bañaban en su piscina de plástico en el jardín aprovechando el calor estival. Le agradaba el agua y el baño era todo un ritual y motivo de fiesta. Tanto para él como para todos, en especial para Patuto que corría, ladraba y se daba volatines en el pasto. Siempre al final de los chapuzones del nene y cuando mi madre lo sacaba del agua para secarlo el buen perro se introducía a la piscina a remojarse. Eso molestaba sobremanera a mi madre y abuela porque tendrían que limpiar luego la piscina con más esmero. A mi me divertía.

Para extremar las medidas de higiene, por el bebé, en casa se bañaba a Patuto dos veces por semana. Una exageración para un perro. Pero nadie argumentó nada en contra. Menos mal que el animal gozaba con el agua.

El más atento a todos los movimientos de mi hermanito era Patuto. Podría afirmarse que después de mi madre nadie conocía tanto al bebé. Estaba atento cuando despertaba, si lloraba, era el primero en avisar. Sus ladridos y sus carreras alertaban sobre cualquier situación que ocurría.

La costumbre de envolver a los bebés como si fueran un atado o una pequeña momia estaba de moda por esos años. Cuando la guagua hacía siesta o después de su último biberón nocturno, mi madre lo cambiaba y lo envolvía a la usanza de la época y lo cubría con una colchita.

Esa tarde mi madre le dió su biberón, lo arropó y se quedó acompañándolo, tejiendo, hasta que se quedó dormido. Ella aprovechó la tranquilidad en casa para recostarse en su cama y también dormir un poco. Estaba agotada por los trajines domésticos. Mi padre en su trabajo, mi abuela de visita donde unas amigas y yo en el colegio. Era un buen momento para descansar. La casa estaba silenciosa. Sin darse cuenta se durmió profundamente.

Como era su costumbre, Patuto, descansaba en el cuarto del bebé, junto a la cuna. Cuando todo era tranquilidad, y el mismo perro se disponía a dormir alguito, ocurrió lo inesperado. Mi hermanito se movió con fuerza y al darse vuelta en la cuna arrastró la colcha que le cubrió el rostro por completo. La falta de respiración lo inquietó y empezó a gemir con desesperación. Mi madre, ya dormida, no le escuchaba. Nadie había en la casa. Sólo Patuto se percató que algo extraño sucedía.

Dicen que los animales actúan por instinto. Pero sea cierto o algo distinto el perro hizo lo suyo. Cuando mi hermanito desesperado corría el riesgo de morir de asfixia empezó a ladrar, corría y venía del dormitorio del pequeño y del de mi madre. Era su forma de avisar a las que nos tenía acostumbrados. Pero mi mamá estaba demasiado cansada y con un sueño pesado como para escucharlo. Ante esta situación Patuto saltó sobre el moisés y con su hocico retiró la colcha del rostro de mi hermanito. Y aún con el cobertor entre sus mandíbulas saltó hacia el piso. La suerte hizo que cayera sobre las tijeras y palos de tejer que estaban en la cesta del tejido, dejados por mi madre, al costado de la camita.

Ni el aullido de dolor de Patuto despertó a mi madre. Recién cuando regresé del colegio mi madre despertó ante los llamados a la puerta y el pulsar el timbre de la casa repetidas veces. Entré para ver a mi hermanito y mi sorpresa fue tremenda. Sobre el cesto de los tejidos, con la colcha colgando entre sus dientes, yacía Patuto. Un hilillo de sangre corría de su boca y una mancha más grande coloreaba de púrpura su blanco pecho.

Recordó mi madre que había dejado al bebé con su colcha y entendió la desesperación de Patuto. Entre sueños sintió sus ladridos pero no le dió importancia. Además el agotamiento la mantuvo amodorrada y sólo al ver la escena comprendió el heroismo de nuestro engreído.

Fue la noche triste para todos en casa. Rezamos por el perro. Lo velamos en una cunita especial que fue a comprar mi papá. Al día siguiente, solemnemente, y con llanto general de mi padre, mi madre, mi abuela y el mío, procedimos a enterrar a Patuto en el jardín interior de nuestra casa.

Hasta hoy mi hermano, un hombre ya, y todos los que quedamos rezamos por Patuto, delante de su tumba, cuando conmemoramos un aniversario más de su heroísmo. Cabe recordar que como consecuencia del suceso mi hermano recibió el sobrenombre de nuestra querida mascota. Orgulloso se siente cada vez que le llaman Patuto.

 

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