AP.Net// Esta sugestiva narración nos traslada, en la imaginación de Addhemar H.M. Sierralta, a nuestra bella serranía y cuenta la leyenda de la urpi blanca.
Santusa y su hermanito Gregorio eran los encargados, en su familia, de pastar a las ovejas. Lo hacían todos los días desde muy temprano. Para ello, con sus ojotas, caminaban entre ríos y quebradas hasta caer la tarde en que retornaban a su vivienda, una humilde choza en el pueblo de Cacra. A duras penas, para alimentarse, cargaban un poco de papas y choclos. El agua la transportaban en una botella de plástico y no les faltaba algo de coca para mascar y amenguar los rigores de la altura de la cordillera.
Sus padres trabajaban las tierras de su comunidad y regresaban a casa algo más tarde que los niños. Apenas si cruzaban algunas palabras mientras la madre asaba cuyes para comer.
Un día Gregorio se hizo una honda para cazar aves y a poco menos de las dos de la tarde divisó una paloma blanca muy hermosa y le apuntó con su flamante artefacto. Es una urpi bella ... es urpi santa ... gritó de improviso Santusa y el tiro se le desvió al chico pero de todas maneras alcanzó al ave en el ala derecha y ésta no pudo levantar vuelo. El muchacho asustado corrió y se alejó tanto que se perdió de vista.
La niña logró atrapar a la palomita y con mucho cariño, mientras le preparó un emplasto de coca en el ala y le daba calor acurrucándola, le iba diciendo : sanarás bella urpi ... taita niño lindo te curará ... Así la mantuvo cerca de dos horas y cuando era momento de regresar a casa no encontró a su hermano.
Gegorio ... Gregorio ... gritaba la niña mientras lo buscaba por las quebradas. El silencio era la única respuesta.
Ya entrada la noche Santusa lloraba en su choza porque había regresado sin su hermanito. Solo hablaba con la palomita ... Ay mi bella urpi dónde estará mi hermano ... y la palomita que se encontraba mejor aleteó y se posó en su hombro. En ese instante ingresaron a la vivienda sus padres. Le increparon haber dejado en las montañas a su hermano, que si bien era mayor que ella, siempre iban y venían juntos.
Esa noche fue terrible para la familia. Salieron hacia el monte para buscar a Gregorio pero la oscuridad hacía difícil la búsqueda. Solo gritaban su nombre y nada de escuchar respuesta.
El papá y la mamá de Santusa le llamaron la atención a la niña : "Te preocupas en cazar urpis antes que estar junto a tu hermano", la gritó el padre. La niña lloraba y durmió junto a su palomita blanca.
Muy temprano, al día siguiente, salió toda la familia a buscar a Gregorio. Santusa llevaba en su hombro a la palomita y le hablaba muy suavemente ; mi urpi bella ayúdame ... ya estás sana y solo tu puedes hacerlo ... Y como si el ave entendiera lo que la niña le suplicaba emprendió vuelo muy alto y se alejó.
Como una hora después reapareció en el aire la paloma blanca. Revoloteaba en círculo sobre Santusa y sus padres y se alejaba por una quebrada ... taita, dijo Santusa, la urpi quiere que la sigamos. Así lo hicieron. De tiempo en tiempo la paloma retornaba volaba en círculo y seguía en una dirección. Todos comprendieron que el animalito quería indicarles algo.
Luego de caminar bastantes kilómetros, y al fondo de una quebrada, como a unos veinte metros por entre rocas y riscos estaba Gregorio tendido boca abajo casi cerca del río. Cuando al fin llegaron lo encontraron algo magullado pero más asustado y con miedo que otra cosa.
Caminando, a duras penas, salieron de la quebrada y al andar rumbo a su casa, Gregorio divisó a la paloma, sacó su honda y le disparó. Santusa horrorizada vio como caía herida el ave. La piedra le había dado en la cabeza y la pobre paloma blanca estaba en agonía.
Abrazada a su paloma la chica le decía : no te mueras mi urpi ... Gregorio no sabe lo que hizo ... por favor taita lindo, diosito lindo, que viva mi urpi ... sus padres y Gregorio alrededor de ellas estaban consternados. De pronto Santusa dirigiéndose al cielo clamó : "Mama Pacha llévate mi vida por la de mi urpi bella ... pero que no se muera ... mi hermanito no es malo no supo lo que hacía ... perdónalo".
De pronto el cielo se rasgó y un rayo de luz se posó en la paloma blanca. Una música muy hermosa se sintió por toda la campiña y en forma milagrosa se levantó el ave apedreada de muerte y aleteó, sus heridas habían desaparecido. Y voló hacia el cielo velozmente. Santusa sorprendida y triste vio alejarse a su amiga. Pero algo más extraño ocurriría. En pocos momentos regresó el ave y junto a ella venía otra paloma blanca. Desaparecieron la música y la luz. Todo volvió a la normalidad.
Esa tarde regresaron a casa Santusa con su paloma al hombro, y al lado Gregorio quien llevaba la otra ave de igual manera. Desde ese día los niños, cuando salían a pastar a las ovejas, tenían la blanca compañía de sus mascotas. Meses más tarde la familia creció con muchos pichones fruto del amor de las palomas de los hermanitos. Su casa fue conocida, desde entonces, como la morada de las urpis blancas.
Cuando vean por nuestras serranías a una urpi blanca sepan que son los ojos de Dios.
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